Senegal sepulta sueños de Ecuador

Por Willians A. Castillo

Los Leones de la Teranga ganaron 2 a 1 ante 44,569 espectadores en el estadio Khalifa Internacional vestido de fiesta. Le arruinó la continuidad de sus alegrías de primavera. Lo superó con altura y una gran convicción para llevar adelante sus planes. Y, sobre todo, ilusionó a Senegal con una consigna: éste tiene que ser el año mundialista.

Kalidou Koulibaly clavó un pie en su campo y el otro en el de enfrente. Flexionó las rodillas y echó el torso hacia atrás, con la mirada fija en el cielo, más verde y blanco que nunca. Cerró los puños, tensó todo el cuerpo y dejó huir, sin esfuerzo, un alarido, de frente a la doble bandeja mundialista de plateístas, invitados especiales y periodistas… Enseguida lo cubrieron. Se le subieron encima dos, tres compañeros, gritaron con él… eran los 70 minutos del complemento.

La principal razón del triunfo de los campeones africanos. El de Senegal sobre Senegal. El que le sirvió, en definitiva, para ganarle a Ecuador. Descargó allí, en la mitad misma de la cancha, bronca y felicidad, rabia y alegría. Dejó al descubierto, en un segundo de explosión, todo lo que habían hecho para llegar a eso: para poner a los leones de la teranga a la misma altura que la mitad del mundo, para jugar de igual a igual y también romper el equilibrio, para acabar con los fantasmas de Ecuador, más propios que de nadie.

Los de afuera lo entendieron, parece. Y se sumaron a la fiesta de haberle ganado a Ecuador, que más que eso. Por la forma en que lo hicieron, por lo que prometen hacer.

Con el empate agónico de Moisés Caicedo acabó con los espejismos. Con la pelota en su poder, el equipo del Ecuador volvió a ser el controlador del partido. Desde el fondo, el caudillo Michael Estrada pegó los gritos —a veces demasiado cargoso— y la cosa se reordenó tal como había empezado. Entonces, todo fue darle cuerda a la ilusión.

¿Qué tiene este Senegal para tirarse a los octavos de final, al campeonato tan soñado? Tiene, primero, un plantel con nombres más que interesantes: Edouard Mendy un meta con la calidad de simplificador, aunque más de una vez se complique la vida con cosas que van más allá del juego; tiene a Ismaila Sarr, y con mencionarlo basta, ha Pape Gueye, un brillante distribuidor de juego. Tiene a Lliman Ndiaye y Boulaye Dia, para ajustar arriba.

Pero, además, tiene claro a qué juega: porque su técnico lo trasmite y porque nadie se la cree, porque han hablado de cambiar una mentalidad y en eso están, aunque los hinchas de los leones de la teranga todavía se preocupen más por los fallos del árbitro que por el propio rendimiento de su equipo, en definitiva, lo único decisivo.

Porque Senegal le ganó al “Tri” ecuatoriano sin la ayuda de nadie, eso está claro. Le ganó gracias a su propio planteo, a su concentración, a su solidez, a su convicción, a su aplicación táctica, a su entrega sin límites en busca del único objetivo: la clasificación a octavos.

Eso es lo que trataba de explicar el técnico Aliou Cisse al final, con su grito de nuevo triunfador indiscutible. Mientras que Ecuador llora su desventura.

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