Día de Muertos desde Túnez 

Las fotos de los fallecidos adornan los altares. Foto: Yanko Farias.

Por El Lector Americano  

2 de noviembre de 2022.- A los cincuenta y cuatro años conocí el Día de Muertos. En Ciudad de México. Toda mi vida pensé que mi vínculo —¿mi necesidad?— con la muerte tenía que ver con la muerte cierta de mis viejos, de algunos de mis tíos y dos amigos.

De niño preguntaba sobre la muerte (hoy lo hacen mis niños), y mis viejos me llevaban a la tumba de mis abuelos, de mi padre Tulio. Mi padre homenajeaba siempre a sus padres, pero no podía hablar de la muerte. Y mi madre no podía responder, y yo preguntaba. Después supe que ella no tuvo madre, o sí la tuvo, era de otro modo, y que mis preguntas rasguñaban un hecho doloroso que busqué sin proponérmelo, de casi toda mi vida de niño. A ellos les dolía la muerte. Si “ellos” estaban vivos, consideraban que no era un tema para reflexionar con un niño.

Coloridos adornos por todo México. Foto: Yanko Farias.

En mi Chile natal la muerte no gustaba, y menos se celebraba en plan de fiesta. Hasta ese momento, el Día de los Muertos, era una ceremonia triste, con un evidente tono trágico que no daba espacio para revivir a los muertos, y así vivían en mí todas las noches de mi infancia. No sé cómo es para ustedes, los que leen este texto, pero descubrir, en plena madurez, que muchas de las respuestas que buscabas sobre la muerte se convirtieron en preguntas, se desglosaban por cómo queremos ser recordados, y cómo proyectan su legado emocional a quienes le sobrevivirán.

En mis últimos cinco años, sobretodo después de ser padre, descubrí que la vida te da muertos notables, con vidas hechas como muy pocos la hicieron. Y después de mi vida mexicana, no sé si vale la pena ponerse triste ante la muerte. Digo, es triste, desesperante, e injusta en muchos casos. Pero no sé, tal vez, finalmente, yo tuve una revolución sentimental con la muerte en México, o para decirlo de otro modo, viví un proceso atávico que me hace vivir intensamente y re significar el camino de mis viejos, por eso todos los 2 de noviembre, y gracias a mi experiencia mexicana, caminan conmigo siempre.

Por eso juego hace meses con este texto para tratar de encontrar lo que esconde; pienso en el juego de cómo va la vida y su legado, o el legado y su vida, o más legado que vida, o al revés, hasta que me quedé enredado en porcentajes inciertos, al punto de no saber separar ambas cosas.

Niños que viven en Túnez pero conocieron en vivo las celebraciones del Día de Muertos en México D.F. Foto: Yanko Farias.

¿Cuánto de vida tienen los muertos si nunca dejo de pensar en ellos? ¿Cuánto de amor hay allí? Escribo esto y recuerdo intensamente a mi viejo, y mi a hermano Tulio, y los pongo en algún lugar de mi memoria sin idealización boba. Este es, entonces, un texto de vida trashumante, ya que la muerte sólo la puedo observar a la distancia porque por suerte estoy vivo. Y puedo contarles esto suelto de cuerpo de lo que aprendí en Ciudad de México, porque, al parecer, yo soy todos los muertos que quiero.

Y con esta disquisición me traslado a la casualidad: cuando una vez —no me acuerdo mi edad— dibujé en una hoja dos tumbas. Era un camino que terminaban en dos tumbas, rodeada de flores, comida, colores y arcoíris. En cada una de esas tumbas escribí el nombre de mis padres, y ahora me pregunto si eran ellos los que me inocularon la muerte, o yo mismo de niño buscándole una respuesta a la otra vida. Ese día mi viejo se cansó de reírse, y mi madre por primera vez muda.

Al final, es darte cuenta que todo lo bueno y todo lo malo que pueda decirse de la muerte es cierto. O no también, porque aún no sabemos si los muertos se enteran.++++***

Toc toc… ¡aquí estoy yankitooooo!

¡Uy… apretemos cachetes que se vienen los zombis, oye!

 

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