Diez tesis sobre la última cadena de Bukele

(Carta a la ciudadanía democrática.)

Por Leonel Herrera

El pasado jueves 24 de septiembre, el presidente de la República, Nayib Bukele, realizó una cadena de radio, televisión y redes sociales en la que juramentó a dos nuevos funcionarios de su gabinete, desmintió “información negativa” sobre su gestión y expuso sus razones para no permitir la inspección de los archivos militares ordenada por el juez que lleva la causa penal por la masacre de El Mozote y que él mismo había prometido abrirlos de la “A a la Z”.

En su alocución, de casi dos horas, el mandatario también hizo lo que ya es costumbre en sus discursos: despotricar contra otras instituciones estatales, descalificar a sus adversarios políticos, estigmatizar a defensores de derechos humanos y atacar a medios que han revelado negociaciones de su gobierno con pandillas y publicado irregularidades en el manejo de fondos públicos que podrían constituir delitos de corrupción. El mandatario, incluso, ninguneó a congresistas demócratas y republicanos que critican su gestión, porque “no representan ni al 3 % del congreso estadounidense”.

La cadena incluyó una conferencia de prensa con preguntas cuyas respuestas el presidente tenía  preparadas, había hasta videos para responderlas y agradeció a quienes las hicieron. Sin embargo, periodistas investigativos “se colaron en la fila” -como él mismo les increpó- y, entonces, Bukele perdió la compostura, se puso colérico, los insultó y acusó de publicar mentiras, de tener un agenda contra él y responder a sus financistas.

La más vil y obscena de esas mentiras es —desde luego— decir que Bukele ataca a la prensa o que sus funcionarios niegan el acceso a información pública, pues el gobernante mostró como prueba la “desclasificación de los archivos de El Mozote” y haber permitido a “periodistas incómodos” participar en la conferencia aun cuando el guion original solo tenía previsto preguntas de “periodistas cómodos”.

A continuación, diez tesis sobre el mensaje de la referida cadena, que podrían ser insumos para una carta urgente a la población democrática.

  1. Resucita Luis XIV. El presidente Nayib Bukele interpreta la Constitución, no la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. También establece los límites y alcances de las leyes, en vez de la Fiscalía. Además, él -y no los magistrados de la Sala- ha resuelto que la elección del Procurador para la Defensa de los Derechos Humanos, Apolonio Tobar, es inconstitucional. En general, el presidente determina la jurisprudencia de los jueces, establece las causales para negar información pública y decide lo que es legal, correcto y conveniente para el país.

En 1655 un joven monarca francés, un “milenial” de aquella época, que se hizo llamar “Luis el Grande” o “Rey Sol”, dijo, ante el parlamento de París: “El Estado Soy Yo”. 365 años después, el presidente salvadoreño también parece asumirse por encima de las leyes y las instituciones. En su cadena de medios evidenció la incomodidad que le genera respetar la independencia de poderes, la institucionalidad, el estado de derecho y -en general- las reglas de la democracia; además, el rol crítico del periodismo y la contraloría social de su gestión.

  1. La Fuerza Armada es un “poder paralelo”. Los militares llegaron al poder en 1931 de la mano  del general Maximiliano Hernández Martínez, el excéntrico dictador que gobernó por 13 años y asesinó a 30 mil indígenas y campesinos que exigían tierras y salarios. En contubernio con la oligarquía gobernaron cinco décadas y cometieron horrendos crímenes antes y durante la guerra civil. Los Acuerdos de Paz de 1992 eliminaron su rol de “árbitro de la democracia”, depuraron a sus mandos involucrados en delitos y redefinieron sus funciones a defender la soberanía nacional ante posibles invasiones extranjeras, auxiliar a la población en casos de desastres y colaborar excepcionalmente en tareas de seguridad pública.

Sin embargo, en el actual gobierno la Fuerza Armada ha recuperado el protagonismo político de antaño y ahora su Comandante General, el presidente Bukele, la proyecta como un poder paralelo, autónomo y exento de cumplir algunas leyes y acatar órdenes judiciales que considera incorrectas, “ilegales” o inconvenientes para la institución castrense.

  1. El Mozote: la masacre continua. Las casi mil personas civiles -principalmente mujeres, ancianos y niños- asesinadas en El Mozote, en diciembre de 1981, siguieron muriendo durante cuarenta años debido a la impunidad; y el Presidente Bukele las ha asesinado tres veces más.

La primera sucedió con el engaño del 19 de junio de 2019, cuando invitó a familiares de las víctimas a un banquete en Casa Presidencial y les ofreció en vano que procuraría verdad y justicia. La segunda fue el pasado 21 de septiembre, con el bloqueo a los archivos militares, por las razones contradictorias, insuficientes y poco convincentes esgrimidas por Bukele en su cadena: “los archivos  no existen”, “un Juez de San Francisco Gotera no tiene competencia”, “el procurador Apolonio es inconstitucional”, “es una maniobra política del FMLN que no abrió los archivos cuando gobernó” o porque pueden ser descubiertos detalles del exitoso Plan Control Territorial o hipotéticos planes secretos para recuperar la Isla Conejo ocupada por Honduras. Y la tercera fue el día de la cadena, con la designación de la nueva embajadora ante Estados Unidos, la exdiputada arenera Milena Mayorga, una orgullosa admiradora del coronel Domingo Monterrosa, el responsable material de la masacre de El Mozote.

La Asociación Promotora de Derechos Humanos de El Mozote no podría ser más certera y precisa al definir a Bukele como “un presidente más de la impunidad, el engaño y la doble moral”.

  1. La “injerencia gringa” o la “sumisión guanaca” nunca fue tan descarada, normalizada y ¿aceptada? Además de designar a la nueva representante del país ante la potencia del norte, el presidente Bukele nombró a Rubén Alemán como nuevo presidente de la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA), en sustitución de Frederick Benítez, quien no pudo lidiar con la crisis del agua en el Gran San Salvador. El nuevo funcionario proviene de la USAID y Bukele mostró un video del embajador estadounidense Ronald Johnson avalando el nombramiento.

Esto indica que la influencia del gobierno de Donald Trump está, incluso, en decisiones domésticas del Ejecutivo salvadoreño; además de la incidencia en temas más estratégicos o de política exterior como la reciente elección del nuevo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), donde Bukele apoyó y celebró el nombramiento del estadounidense Mauricio Claver-Carone, violentando el multilateralismo continental y un consenso de 60 años sobre que dicho cargo lo ocuparía siempre un latinoamericano. A finales de marzo, en plena cuarentena y sin hacer mucho ruido, Bukele apoyó la reelección del paladín de Washington, Luis Almagro, como secretario general de la OEA.

  1. Fiscal y magistrados, obedecen a “Su Excelencia” o serán destituidos. En su extensa alocución Bukele amenazó con relevar de sus cargos al Fiscal General si no procesa “por prevaricato” a los magistrados de la Sala Constitucional y a estos si continúan “violando la Constitución”. El mandatario confirmó así la sospecha de que, con una mayoría favorable en la Asamblea Legislativa, después de las elecciones de febrero del otro año, el oficialismo (Nuevas Ideas-GANA) podría tomar el control del resto de aparato estatal, especialmente instancias con funciones contraloras como la Fiscalía, Corte Suprema de Justicia y Corte de Cuentas.

En 2021, Bukele consumará en forma democrática el asalto al Parlamento que no culminó el pasado 9 de febrero, cuando tomó la sede legislativa acompañado de militares y policías. En aquel momento no “apretó el botón” —como él mismo dijo— porque Dios le pidió paciencia y decidió esperar un año más para expulsar electoralmente a los diputados.

  1. Bukele insinúa la reelección. En un momento de su discurso, el Presidente Bukele dijo que —en relación a la “inexistencia” de los archivos de la masacre de El Mozote— la población tiene dos opciones: creerle o no creerle; y quienes no le crean —afirmó— “podrán votar por otro presidente en las siguiente elecciones”. Surge, entonces, la pregunta: ¿acaso, quienes le crean, tendrán la posibilidad de volver a votar por él en los comicios de 2024 ? Aunque el vicepresidente Félix Ulloa insiste en que la reelección presidencial no está incluida en la lista de reformas a la Constitución que presentará a la próxima legislatura, el desliz discursivo de Bukele sugiere lo contrario.

La reelección en sí misma no es antidemocrática, pues gobernantes democráticos pueden liderar proyectos nacionales incluyentes por más de una período: Lula da Silva se reeligió en Brasil fortaleciendo la democracia y Angela Merkel lleva 15 años en el poder en Alemania sin instaurar una dictadura, para citar dos ejemplos positivos de reelección. Sin embargo, ¿que pasaría si es reelecto alguien como Bukele, con visión y carácter autoritario, autócrata, megalómano, prepotente, intolerante, políticamente inmaduro, mentiroso, reacio a la transparencia y rendición de cuentas, sin vocación democrática y sin un proyecto de país claramente definido?

  1. El discurso de odio como relato oficial. Una razón central por la cual la mayoría de la gente apoya al presidente y su gestión es el rechazo hacia “los otros”: el desencanto con la política y los políticos generó el “fenómeno Bukele” y es el mayor sostén de su enorme respaldo social. Por eso, el mandatario pasa alimentando ese odio hacia los que llama “mismos de siempre”: un grupo de apátridas que bloquean, critican o simplemente no aplauden al gobierno. Estos son diputados, magistrados, dirigentes políticos, empresarios, activistas sociales, periodistas y un mísero 3 % de la población que les siguen.

Este discurso de ataque a “los demás” -que podría instigar actos de violencia física- anula la presunción de inocencia, el derecho al honor y sobrepasa los límites de la libertad de expresión referidos a no difamar, calumniar, difundir noticias falsas, promover estereotipos sexistas, hacer apología de la violencia y legitimar la discriminación por raza, religión o pensamiento político, establecidos en la Constitución, leyes y tratados internacionales suscritos por el Estado salvadoreño. En la cadena, el presidente llamó corruptos a diputados y alcaldes que quizás lo sean, pero no han sido condenados por un juez y llamó esbirros de un partido político a un juez, al procurador de Derechos Humanos, a un exrector universitario y a organizaciones que defienden los derechos de las víctimas.

Periodista y comunicador. Ha trabajado en medios alternativos y organizaciones sociales. Actualmente es director ejecutivo de la Asociación de Radiodifusión Participativa de El Salvador (ARPAS).

 

 

 

 

 

 

 

Este “discurso fake” y de “post-verdad” no va a variar mientras mantenga en la población el impacto logrado hasta hoy.

  1. El desarrollo será siempre más importante que la protección ambiental. Ante la pregunta de una “periodista incómoda”, el presidente informó que no firmaría el Acuerdo de Escazú, un convenio regional para proteger a activistas, promover acceso a información y asegurar participación ciudadana en decisiones sobre temas ambientales. Aunque no especificó los motivos de su negativa, dijo que la defensa del medioambiente no debe detener el desarrollo y que “es necesario seguir construyendo viviendas”, afirmación que las organizaciones ecologistas interpretan como el anuncio de aprobación de proyectos urbanísticos como “Valle El Ángel” que la oligárquica familia Dueñas pretende desarrollar en una zona de mantos acuíferos al norte de San Salvador.

Con esto, Bukele confirma que repetirá religiosamente el mantra neoliberal-extractivista de gobiernos anteriores y que como mandatario no ha aprendido la principal lección de la pandemia de la COVID-19 relacionada con la urgencia de cambiar las lógicas imperantes de producción, consumo y de relación con la naturaleza como condición necesaria para continuar la vida en el planeta.

  1. “El problema es lo que callas”. La alocución presidencial fue todavía más grave por sus omisiones. Bukele no habló de temas relevantes como la situación de la pandemia, las prioridades del presupuesto nacional del otro año, la crisis económica, pérdida de empleos y la onerosa deuda pública que ya supera los límites históricos más allá del 90 % del Producto Interno Bruto (PIB). Tampoco se refirió a la falta de acceso a información y rendición de cuentas, ante la posible corrupción generalizada en su gobierno sugerida por numerosas irregularidades en compras y contrataciones públicas.

Bukele sigue fiel a la regla de guardar silencio en temas espinosos donde no tiene argumentos convincentes y mantenerse en la ofensiva cuando las corrientes de opinión le son favorables, independientemente del interés público y la necesidad de una comunicación real con la gente.

  1. Las cuatro patas de la bestia. Los cuatro pilares que sostienen a Nayib Bukele y su gobierno se constatan identificando los destinatarios de su discurso: la embajada de Estados Unidos y la administración Trump, que siempre tendrán opinión y decisión en asuntos del gobierno; los militares, a quienes no se les hará “sufrir la humillación” de espulgar en sus archivos criminales; a las élites oligárquicas, que pueden estar tranquilas porque sus negocios serán prioridad antes que la preservación del medioambiente; y la población atrapada por el “odio a los demás”, la falsa expectativa de cambios con este y la propaganda bien dirigida, para quienes también hubo algo en el relato presidencial de la cadena de medios.

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