La cumbre de Glasgow

Foto: Forbescentroamerica.com

Por Teresa Gurza

El pasado abril les hablaba en mi artículo Ballenas y Carbono, del papel de las ballenas para reducir las emisiones de carbono porque capturan el 40 por ciento de todo el producido por el planeta; cifra equivalente, a cuatro veces lo que absorbe la selva amazónica.

Y adelantaba que la pandemia del Covid-19, había pospuesto para este noviembre la Cumbre sobre la Ambición Climática 2020, que con el patrocinio de Naciones Unidas, el Reino Unido y Francia, en asociación con Italia y Chile, se realiza del uno al 12 de noviembre en Glasgow, cuyas playas acogen ballenas minke y jorobadas.

Se tratarán temas cruciales para la supervivencia de la humanidad, como la urgencia de medidas rápidas y potentes que permitan frenar el calentamiento global que ha ocasionado inundaciones, sequías, incendios, huracanes y extinción de fauna y flora en prácticamente todos los países.

Y dicen los científicos que habrá mayores desgracias si no bajan un 45 por ciento de aquí al 2030, las emisiones de gases de efecto invernadero como son el dióxido de carbono, el metano y el ozono.

Pero Myles Allen, de la universidad británica de Oxford advirtió que esos compromisos del Acuerdo de Paris para 2030, serán cumplidos si bien nos va, hasta 2080; porque “no se puede hacer lo mismo y esperar resultados diferentes”.

Las ballenas (como esta minke) ayudan a reducir las emisiones de carbono.

Y en la inauguración de la cumbre, el secretario general de la ONU António Guterres, señaló que los gobiernos no han estado a la altura del reto y que tratando a la naturaleza como basurero “estamos cavando nuestra tumba”.

Según he leído, ha llegado tanta gente a Glasgow que alojarse es difícil y caro; los precios han subido 400 por ciento, porque la oferta hotelera es de 15 mil habitaciones y hay 30 mil delegados, más su personal de apoyo, activistas, fotógrafos, y periodistas.

Algunos residentes decidieron alquilar sus viviendas, porque pueden ganar 35 mil dólares en solo dos semanas; y quienes no encuentren lugar, tendrán que quedarse a 70 kilómetros, en Edimburgo.

Las actividades se realizan en dos zonas, la azul y la verde.

La azul se destina a las delegaciones, trabajadores de Naciones Unidas, medios de comunicación y organizaciones observadoras; y es sede de conversaciones informales y formales, para aclarar posiciones o superar estancamientos. 

La verde es para el público y hay talleres, conferencias y exposiciones; ahí la voz de los jóvenes será importante y junto a la activista sueca Greta Thunberg, marcharán el 5 de noviembre “por la justicia climática”.

Asisten ciento veinte dirigentes mundiales; entre ellos, Angela Merkel, Joe Biden, Emmanuel Macron, Boris Johnson, Scott Morrisson, y Justin Trudeau.

No están por razones de salud el Papa Francisco y la reina Isabel; y por otras causas, Nicolás Maduro, Jair Bolsonaro y los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y de China, Xi Jinping, los dos países más contaminantes del planeta.

Lástima que López Obrador no haya ido, si en español habla tan bonito, imagínense en inglés; quedarían todos asombrados y hasta podría haber aprovechado para enseñarles a gobernar, pero tuvo que quedarse porque anda muy ocupado denunciando que el neoliberalismo creó movimientos nefastos “como el ecologismo, la lucha por los derechos humanos, el feminismo y la protección a los animales”.

Todo, dijo, con ayuda de agencias internacionales (casualmente de la ONU) para desviar la atención y saquear en beneficio de los ricos.

Y mientras vocifera cosas similares, producto de su mente cada vez más caótica, la gente civilizada confía en Glasgow; porque como dijo Boris Johnson “si esta cumbre fracasa, fracasamos todos”.

Frenar el cambio climático no será fácil; además de voluntad política, es necesario juntar 100 mil millones de dólares para bajar el calentamiento antes que sea demasiado tarde y mostrar solidaridad con los países pobres y las pequeñas naciones insulares que por elevación de los mares pueden inundarse o desaparecer.

Asuntos fundamentales serán los mercados de carbono, donde participan las ballenas, el abandono de las energías fósiles y la reducción del metano, que se produce principalmente por la descomposición de la materia orgánica y el excremento y gases del ganado vacuno.

Países con los mismos intereses suelen formar bloques, pero Latinoamérica no tiene una estrategia común. 

México se adhirió este martes al pacto para disminuirlo en un 30 por ciento, antes de 2030.

Y firmó de última hora este lunes, el compromiso de más de 115 países para parar la deforestación porque los bosques albergan 60 mil especies de árboles, 75 por ciento de las aves y 68 por ciento de los mamíferos del planeta.

Pero reconoció que no cumplirá la promesa de llegar al 2024, generando el 35 por ciento de la energía en forma limpia.

Y es que la política energética de AMLO, está basada en combustibles fósiles; precisamente esos que, por habernos llevado a donde estamos, la COP26 rechaza.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Artículos Relacionados

  • Caída

  • ¡Basta!   

  • Ese momento definitivo