La guerra no fue una farsa y los Acuerdos de Paz importan

El entonces presidente de El Salvador, Alfredo Cristiani firma el documento por parte del Estado salvadoreño. Observan como garantes del acuerdo el jefe de Gobierno de España, Felipe González (izquierda); y el presidente de México, Carlos Salinas de Gortari. Foto archivo LPG.

Por Red Informativa ARPAS

Este domingo 16 de enero se celebra el 30 aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz que terminaron con cinco décadas de militarismo, permitieron un final negociado de la cruenta guerra civil de doce años y abrió un histórico proceso de democratización política del país.

La conmemoración histórica tiene como contexto graves retrocesos democráticos con el actual gobierno y un discurso presidencial negacionista sobre la guerra civil y los Acuerdos de Paz, según el cual “la guerra fue una farsa” y los Acuerdos son unos “simples papeles” firmados por “los mismos de siempre”.

Dicha narrativa busca borrar de la memoria histórica las luchas sociales contra el autoritarismo, para legitimar en el imaginario colectivo la instalación de un nuevo régimen dictatorial; por tanto, debe ser desmentida.

Decir que “la guerra fue una farsa” es negar las causas de represión, injusticia social y violación sistemática de derechos humanos que la provocaron; y también es descalificar los ideales de justicia, paz y democracia que inspiraron a la población que tomó las armas contra la opresión. Además, es vilipendiar la dignidad y la memoria de las 75 mil personas asesinadas.

Los entonces comandantes del FMLN, Joaquín Villalobos (izq.) y Salvador Sánchez Cerén (elegido presidente de El Salvador en 2014) fueron dos de los signatarios de los Acuerdos de Paz por parte de la guerrilla, el 16 de enero de 1992. Foto archivo Colatino.com

De igual forma, afirmar que los Acuerdos de Paz son unos “simples papeles que permitieron a ARENA y al FMLN repartirse el poder para las siguientes tres décadas” es reduccionista y falaz. Es negar que son resultado de la lucha por la democracia y es deslegitimar el sacrificio de las víctimas.

Esta narrativa anti-Acuerdos pasa por alto que gracias a ellos se eliminaron los antiguos cuerpos represivos de seguridad del Estado, se depuró a la Fuerza Armada y se creó una nueva institucionalidad con instancias como la Policía Nacional Civil (PNC), la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) y el Tribunal Supremo Electoral (TSE). El propio Nayib Bukele no habría llegado a la Presidencia de la República sin la guerra civil y los Acuerdos de Paz.

Por tanto, la guerra no fue una farsa y los Acuerdos de Paz son importantes. En vez ningunearlos y pretender restarles valor histórico, Bukele y compañía deberían valorarlos y retomar su perspectiva democratizadora, en vez de desmantelar la incipiente institucionalidad que éstos crearon.

Aprovechando el respaldo popular que todavía tiene, el mandatario también podría impulsar “nuevos acuerdos” para un país más democrático, justo, pacífico, equitativo y sustentable. Sin embargo, a partir de lo actuado hasta hoy por Bukele, esto parece poco posible.

 

 

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